domingo, 15 de enero de 2017

A+ - Ramtha ~ Angeles Caídos: Primera experiencia como hombre y mujer.

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 "Conocer tu propia oscuridad es el mejor método para lidiar con las tinieblas de otras personas".
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Ramtha ~ Angeles Caídos: Primera experiencia como hombre y mujer.





...Y he aquí, los grandes dioses llegaron a una esfera llamada el Atrio de las Constantes como un gran viento, y todos juntos siguieron ese viento.
 
 
 Aquí ellos esperaron para seguir evolucionando hacia los planos inferiores e intercambiar en la creatividad del medio ambiente lo que ellos habían creado con sus cuerpos.
 
 
 Así, llegaron como los majestuosos vientos. Soplaron su fervor sobre las profundidades y crearon el agua cristalina. Ellos soplaron su aliento dando vida a sus plantas y animales, y a todas sus formas creadas que necesitaban nutrirse.
 
 
 El gran árbol alzó su vista. Y cuando vio hacia arriba se inclinó en señal de reverencia ante la belleza de su ser creado.
 
 

El viento se dividió, convirtiéndose en el del norte y el sur, el este y el oeste, con el propósito de multiplicarse y transportar su silbido de energía a través de este plano, donde todos, en la colonización de sus personas y sus casas señoriales, pudieran conversar y contribuir al desarrollo del Espíritu Humano.
 
 
 Y todos llegaron a este plano simultáneamente, todos excepto un grupo. Este grupo permaneció en lo que se llama el Atrio de las Constantes, y ellos seguirían los avances de sus predecesores.
 
 
 Y cuando todos llegaron a este plano, en sus áreas respectivas, he aquí, mientras ellos comenzaban a manifestarse bajando la frecuencia de su precioso yo, se volvieron más resplandecientes que vuestro sol del mediodía, como luces brillantes sobre la faz de la Tierra.
 
 
 Y en vuestros antiguos sumarios de historia hay religiones —como se les llama— que adoran a esas gentes brillantes que una vez llegaron aquí. Eran ellos, y escribieron su propia historia.
 
 

Y cuando comenzaron a disminuir la vibración del magnífico pensamiento-luz, se ensombrecieron hasta llegar a la masa, y entonces el último entendimiento se convirtió en masa, la cual era pesada en este plano.
 
 
 Dependiendo de la pesadez que ocurría en sus formas corpóreas —dependiendo de la zona, continente, o país como vosotros los llamáis— ellos, al empezar a formar sus cuerpos, se armonizaron inmediatamente con lo que se llama el medio ambiente, si entendemos por medio ambiente el plano temporal dentro del radio de acción de vuestro sol central.
 
 
 La intensidad era producida por la cercanía de cada plano, de este modo el más cercano al sol recibiría la mayor cantidad de calor.
 

Aquellos que estaban más cerca se volvieron más oscuros, mucho más oscuros, y nunca fueron claros, pero sólo en la condición de su masa, lo que se llama la carne.
 
 
 Ellos rápidamente identificaron el medio ambiente de su lugar como su propia creación.
 
 
 La diferencia del color de la piel hoy en día, en vuestros tiempos, no distingue, separa, reduce o pretende que nadie sea superior a alguien más.
 
 
 ¿Quién es aquel que dice lo contrario ?
 
 
 Esto sucedió para proteger las especies de sus propios seres creadores y poder vivir —como último intento— en el lugar que habían creado con las ruinas de su destrucción.
 
 
 De este modo, ellos se establecieron y se armonizaron con el medio ambiente.

Aquellos que vivían más al norte en vuestra esfera se volvieron más claros en su tono de piel, en el color de sus ojos y en el de sus cabellos, en proporción a la luminosidad de todas las variables de los minerales que se encontraban a su alrededor, pues estos tienen color.

Y Dios, su Padre —la continuidad sabia que se expande hacia la eternidad, que formuló el pensamiento de la vida y que permitió a la totalidad de su creatividad expandirse en esta continuación— sintió el júbilo de ver que todos éstos eran la consumación de su Espíritu y su Ser.
 
 
 Y he aquí, esto está escrito, pues sucedió en verdad.
 
 
 Todos los dioses descendieron sobre la Tierra como un gran vendaval,(1) las aguas se estremecieron y las plantas se inclinaron ante su presencia y movimiento.
 
 
 Los animales que aún quedaban miraron hacia arriba y sintieron la gran brisa.
 
 
 Y los dioses llegaron a todos los lugares de las regiones que habían escogido, para sentar los cimientos de su consumación del pensamiento perfecto dividido en dos, que de esta manera cobraba vida.
 

Y aquello que vosotros llamáis razas fueron cinco en número, (2) y con ellas se estableció un entendimiento sobre vuestro plano llamado, en verdad, el primer acuerdo de una gran hermandad, que permaneció en las constantes para ser lo que se llaman los hijos o el producto de la copulación de los amados dioses, sus hermanos.
 
 
 Cuando surgieron todas las razas estas se llamaron, en verdad, las grandes entidades blancas, las magníficas columnas blancas, los dioses, de hecho, como vosotros los llamaríais.
 
 
 En el momento que aparecieron en su forma perfeccionada e idealizada, e inmediatamente se convirtieron —y así fue en verdad— en los maestros de este plano, se sintonizaron con lo que llamamos su medio ambiente, las condiciones que los rodeaban.
 
 
 El magnífico viento llegó, y así fue en verdad, al lugar llamado Atlantia, y aquella gente se convirtió en la raza roja, pues la tierra de Atlantia era roja.
 
 

Y en el lugar que se llamó en verdad Lemuria, la tierra madre, surgió la raza amarilla, pues ese era el color de su piel debido a la cantidad de fósforo que contenía aquella tierra en aquellos tiempos, siendo éste también el elemento que sustentaba los llamados gigantes, las bestias, como tú las conoces.(3)
 
 

Lo que llamáis en verdad el Ecuador, el manantial de la Tierra, se llamó Attu, y era por consiguiente el canal que conectaba las dos regiones.
 
 
 Como sus gentes se encontraban en el lugar donde la madre sol se precipitaba con más intensidad, su piel se volvió muy oscura, pues estaban expuestos al bombardeo de lo que llamamos propulsores de luz en el estrato —los cuales rebotaban en la tierra y en su reflejo formulaban el calor— y así se aclimataron a lo que se llama, en verdad, calor.
 
 
 Y su cuerpo se armonizó y se acopló a las condiciones del calor. Su tez se volvió oscura y su pelo áspero y grueso, para proteger el delicado cuero cabelludo del hombre. Y los ojos se tornaron oscuros para apreciar la brillantez de la luz y la inteligencia que hay en ella.
 
 

Y surgieron los habitantes del Norte, como se les conocía incluso en los tiempos de Lemuria y Atlantia —la magnífica raza de hombres de pelo claro como la luz del sol, ojos azules, piel blanca, tan blanca como vuestra definición de blanco—, para habitar una región que se acababa de crear con el poder y la inteligencia del sol.
 
 
 Esto fue maravilloso en verdad, y sucedió en un momento; un momento que en vuestro entendimiento es una eternidad.
 
 
 Estos procesos de perfeccionamiento tomaron sin embargo mucho tiempo hasta producir y hacer justicia a Dios en su condición de creatividad colectiva.
 
 
 Y todos nacieron, las cinco grandes razas cobraron vida, y ninguna fue menos que otra, ninguna.
 
 
 Y quien diga que algunas lo son es un ignorante en su apreciación.
 
 

El hombre, en sus inicios, era espléndido, y el hombre nunca olvidó quién era: el Dios original.
 
 
 Y él adoró al Dios original, pues se estaba adorando a sí mismo, aunque perdido en el azul del horizonte.
 
 
 El hombre, en su naturaleza, siempre ha mantenido lo que llamamos competencia, lo que se llama en verdad la fricción por medio de la competencia: el momento de ira y el impulso de la destrucción; ésa es su naturaleza.


(1) Esta imagen nos evoca claramente el primer capítulo del libro del Génesis.
 
 
(2) Las cinco razas se distinguen por la variación de su color de piel —blanca, roja, amarilla, negra y verde— producida por el contenido mineral y el medio ambiente de las diferentes regiones de la Tierra.
 
 
 La raza cuyo color de piel es el verde vive en el interior de la Tierra.
 
 
 
 Ver el capítulo 2 de Reflexiones de un Maestro sobre la Historia de la Humanidad. Volumen III, titulado: Vida en el centro de la Tierra.
(3) Los dinosaurios.



Extracto de: Los orígenes de la civilización humana - Ramtha





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