sábado, 10 de septiembre de 2016

A+A+A+... !...Los gustos te esclavizan

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Los gustos te esclavizan.





Eres un esclavo de aquellos gustos que te hacen sufrir cuando no los tienes. Volvemos a decir lo de siempre: la vida te pondrá oportunidades para que puedas borrar todos los gustos que defiendes antes que otras cosas a las que dices no querer adaptarte. Muchas veces, el defender una idea, es más importante que tu felicidad. Sucede con las comidas, con la indumentaria, sucede con las relaciones, con innumerables formas de hacer las cosas. Si de veras quieres Ser, deberás despojarte de todo, abandonar los deseos aprendidos, borrarlo todo, quedarte vacío de todo lo que te sobra para poder llenarte verdaderamente de ti. Dejar todo lo que cogiste, allí donde estaba. Quien en verdad Eres, no necesita coger nada, ya lo tiene todo. No necesitas preocuparte por sobrevivir. O, dicho de otra forma: para en verdad sobrevivir, sólo necesitas desprogramarte, desnudarte, soltar, convertirte en un Ser desprendido de todo aquello que te encarcele.

Comprendí todo esto mucho mejor (el personaje Javier, sin esperarlo, lo llevó a la práctica) cuando de un día para otro me vi en la calle, sin dinero, y durante año y medio no me faltó nada que fuese básico para sobrevivir (bueno, sí, una noche me quedé sin cena y me llegó una comprensión de calma total que no supe hasta más tarde qué podía significar. Me llegó también una sensación como... como si hubiera algún plan que yo debiera desconocer. Al poco rato, me encontré hablando con un ex-atracador de bancos sentados en un banco de un parque almeriense. Cuando terminábamos de hablar, apareció una camioneta nocturna de Cruz Roja Española repartiendo sándwiches y cafés para personas necesitadas. Aquellos sándwiches y cafés fueron bien agradecidos, pero la verdad, me supo más rica la conversación con aquella persona que sí quería saber más sobre sí misma. Por supuesto, tras el último trago de café, lo comprendí todo y agradecí a la vida la situación de los hechos con una sonrisa que aún recuerdo.

Todo sucede si abandonas las esperas, los deseos apresurados de los buscados resultados, el vivir en la superficie de las cosas...). Vuelvo atrás: en aquel primer día, antes de acabar el único bocadillo que llevaba conmigo, me llegó la información de un comedor social.

Recuerdo no haber pedido el mejor comedor social que existiese (como gusto, digo), también fui informado de algunos albergues para transeúntes en los que estuve algunas noches (dormía del tirón, no tengo auto-quejas), ayudas de Cruz Roja Española, Café y Calor, Cáritas y otras asociaciones para estos casos, algunas furgonetas de reparto a los supermercados que a veces me daban generosas cantidades de alimentos recién caducados que siempre compartí con otros, bares donde a veces me daban pan del día anterior que disfruté, personas que me sorprendieron con bolsas de alimentos acabados de comprar (que algo más tarde las repartía en la puerta del comedor donde esperaban todas las caras conocidas) mientras agachaban la cabeza para leer el cartón y sonreírme... (Mi agradecimiento para todos), es muy larga la lista de recursos que te pueden llegar y lugares donde siempre puedes acudir si te adaptas, si paras la lucha contra cualquier situación y dejas de hacer planes de esos que sólo sirven para preocuparte.

Claro que, quien os cuenta esto, disponía ya de la mejor ventaja para vivir en la calle: HABERME DESNUDADO ANTES. Sí, comprendo que es una gran ventaja y, muchas veces me he preguntado si en verdad estuve o no en la calle. Supongo que comprendéis el fondo que lanzo aquí. Es cierto, solo estuve en la calle visto desde el mundo de las formas, o visto desde los demás. Tal vez porque desde el resto de los ¨lugares¨, siempre me sentí acompañado y protegido aunque no hubiese un techo de salón con chimenea encendida. Por cierto, cuando compartí con personas que se creen víctimas de la calle (y me topé con muchos lamentos que siempre me parecieron tan absurdos...), pude comprobar que algunos o más que algunos, quisieron saber cómo lo hice. Sí, muchos me sorprendieron con sus complicadas preguntas a lo que es tan sencillo de ver. También supe que si me quedaba solo con comprenderlos, no les iba a “ayudar” de ninguna forma posible.

Así que, a algunos les tuve que recordar la sencillez de la vida porque querían comenzar a ver algo más en lo que nunca antes habían pensado. Algunos lograron ver las cosas desde otro lugar. Esas fueron mis mayores alegrías y casi me quedaría con la sensación de mentiros si no lo dijera aquí, ahora. Entonces, ya veía claramente las cárceles de los demás, cuando pasaban junto al cartón que ponía en cualquier acera de algunas ciudades y leían NUEVO SIN TECHO. Hablé con personas que denotaban vergüenza ajena según sus palabras, la mayoría pasaba de largo apresurando el paso, otros me dejaban unas monedas, otros se enfadaban si en la acera donde leían nuevo sin techo era la fachada de una inmobiliaria. Recuerdo algunos contrastes que hice, sí, y siempre lo supe después de suceder.

Y pude reírme con muchas situaciones siempre inesperadas. La verdad... si yo fuese el de antes habiendo pasado por esta experiencia que no sé por qué hoy os cuento, diría que añoro la calle, sus cosas, su... toca buscar la superficie donde tirar el saco de dormir por esta noche, sus roperías donde podías llevarte ropa que nunca antes me había puesto y de paso, era como otra forma de estrenar mucha ropa ya que no tienes donde lavarla. Y sobre todo una enorme sensación permanente de saber que la calle ya no me podía quitar nada. Puedo comprender que esto no se entiende sin haber pasado por la experiencia e incluso no me extrañaría si alguno puede pensar que exagero. Siento de todas formas que todo cuanto digo aquí ocurrió y no es que por ello yo me haya hecho mejor persona, no, a la persona hace mucho que la distingo de aquello que sí es real. De aquello que a todos nos incumbe y está siempre en la calle de la Vida.

Tal vez acabe de hacer otro contraste: he compaginado gustos pre-establecidos con... vivir en la calle. No sé por qué lo he hecho... ¿Tú lo sabes...?

Nuestro gusto: un abrazo


LA VERDAD por
Leticia R. Villaseñor & Javier G. Delgado





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