miércoles, 25 de mayo de 2016

¿Final feliz?.

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¿Final feliz?.






Me alejé caminando con el convencimiento de que mi vida no volvería a ser jamás tan sencilla y plena de significado como lo había sido aquellos meses, y de que una parte de mí siempre desearía regresar.

Me llevó la mayor parte del día recorrer la distancia que me separaba de la ciudad. No tenía la menor idea de cómo me las arreglaría para volver desde aquel lugar, fuera el que fuese, a la casa que tenía alquilada. Vi la autopista, pero no creí que fuera buena idea caminar por ella, así que seguí por entre la maleza.

En cierto momento me volví para mirar atrás, y justo entonces una ráfaga de viento surgió de la nada para eliminar mis huellas en la arena como una enorme goma que pareció borrar mi existencia en el Outback. Mi vigilante periódico, el halcón pardo, sobrevoló mi cabeza justo cuando llegaba a los límites de la ciudad.

Vi a lo lejos a un hombre mayor. Vestía tejanos, camisa deportiva metida bajo el grueso cinturón y un viejo sombrero verde desgastado, típico de Australia. Cuando me acerqué, sus ojos (en lugar de sonreír) se abrieron con incredulidad. El día anterior yo tenía todo lo que necesitaba: comida, ropa, abrigo, cuidados, compañeros, música, entretenimiento, apoyo, una familia y mucha risa; todo gratis. Pero ese mundo había desaparecido.

En ese momento, a menos que mendigara dinero, no podría funcionar. Todo lo necesario para la subsistencia había de ser comprado. No me quedaba otra alternativa; me veía reducida a una mendiga sucia y desharrapada. Era una vagabunda de las que caminan con su hatillo por las calles, y ni siquiera tenía hatillo. Sólo yo conocía a la persona que se ocultaba bajo un exterior de pobreza y suciedad. Mi relación con los desheredados del mundo cambió para siempre en aquel instante.

Ale acerqué al australiano y pregunté: «¿Podría prestarme una moneda? Acabo de salir del desierto y he de llamar por teléfono. No tengo dinero. Si quiere darme su nombre y dirección se lo devolveré».

El siguió mirándome, tan fijamente que las arrugas de su frente cambiaron de dirección.

Luego se metió la mano derecha en el bolsillo y sacó una moneda, mientras se tapaba la nariz con la mano izquierda. Yo sabía que volvía a oler mal. Hacía dos semanas que me había bañado sin jabón en el estanque de los cocodrilos. El hombre meneó la cabeza, poco interesado en que le devolviera el dinero, y se alejó a paso vivo.

Recorrí unas cuantas calles y vi a un grupo de niños esperando el autobús escolar de la tarde que los llevaría de vuelta a casa. Todos tenían el típico aspecto atildado de la juventud australiana uniformada. Sus ropas eran idénticas; sólo los zapatos denotaban un cierto indicio de expresión individual. Los niños clavaron los ojos en mis pies desnudos, que más parecían una mutación en forma de pezuñas que los apéndices de una hembra humana.

Sabía que tenía un aspecto horrible y esperaba tan sólo que mi aspecto no les asustara por lo escaso de mis ropas y por mis cabellos sin peinar durante más de ciento veinte días. La piel del rostro, los hombros y los brazos se me había pelado tan a menudo que estaba llena de pecas y manchas. ¡Además, me acababan de confirmar con toda franqueza que apestaba!

«Perdonadme -les dije-. Acabo de salir del desierto. ¿Podéis decirme dónde puedo encontrar un teléfono y la oficina de telégrafos?»

Su reacción fue tranquilizadora. No estaban asustados; se limitaron a sonreír y soltar risitas. Mi acento americano aportó una nueva prueba a la creencia básica de los aussies:

todos los norteamericanos son unos excéntricos. Me dijeron que había una cabina telefónica a dos manzanas.

Llamé a mi consultorio y les pedí que me mandaran un giro postal. Ellos me dieron la dirección de la compañía de telégrafos. Fui caminando hasta allí y, por la expresión de sus rostros cuando llegué, comprendí que les habían avisado de que debían esperar a alguien con un aspecto muy poco usual. La empleada me entregó el dinero sin la necesaria identificación, aunque con cierta reticencia. Mientras yo recogía el fajo de billetes, la mujer nos roció al mostrador y a mí con un aerosol desinfectante.

Con dinero en la mano, cogí un taxi que me llevó a una tienda de artículos a precio reducido, donde compré pantalones, camisa, chancletas de goma, champú, cepillo para el pelo, pasta dentífrica, cepillo de dientes y pasadores para el pelo. El taxista se detuvo en un mercado al aire libre, donde compré fruta fresca y media docena de diferentes zumos en envases de cartón. Luego me llevó a un motel y esperó hasta ver si me aceptaban. Ambos nos preguntábamos si lo harían, pero el dinero al contado parece tener más peso que un aspecto dudoso. Abrí el grifo de la bañera y di gracias por este bendito invento. Mientras se llenaba, reservé por teléfono un billete de avión para el día siguiente. Después pasé tres horas en la bañera, ordenando los detalles de mis últimos años y en especial de los últimos meses de mi vida.

Al día siguiente tomé un avión, con el rostro bien frotado, el cabello horrible pero limpio y caminando torpemente con las chancletas, que había tenido que cortar para que me cupieran los pies con sus nuevos cascos. ¡Pero olía maravillosamente! Había olvidado comprar ropa con bolsillos, así que llevaba el dinero metido dentro de la camisa.

La casera se alegró de verme. Yo tenía razón: ella había dado la cara durante mi ausencia. No hubo ningún problema; sencillamente debía unos meses de alquiler. El afable comerciante australiano que me había alquilado el televisor y el vídeo justo antes de que me fuera, no había enviado siquiera un aviso, ni había intentado recuperar su equipo. También él se alegró de verme. Sabía que yo no me iría sin devolverle sus artículos y liquidar la cuenta.

Mi proyecto seguía allí, aguardando que le prestara atención. Los participantes en el programa de salud estaban preocupados, pero bromearon y me preguntaron si había estado buscando un filón de ópalo en lugar de volver a la oficina.

Me enteré de que el propietario del jeep había acordado con Outa que si él y yo no regresábamos, iría al desierto a buscar su vehículo y luego llamaría a la persona que me había contratado. Fue él quien les dijo que yo me había ido de walkabout, lo que significaba destino desconocido y atemporalidad de los viajes aborígenes. No habían tenido más remedio que aceptar mis acciones. Ningún otro podía completar mi proyecto, así que lo tenía allí, esperándome.

Llamé a mi hija. Se sintió emocionada al oír todo lo que me había ocurrido y confesó que en ningún momento se había inquietado por mi desaparición. Estaba convencida de que si yo me hubiera encontrado en algún problema serio ella lo habría presentido. Abrí la correspondencia acumulada y me enteré de que el pariente encargado de tales menesteres me había excluido del habitual intercambio familiar navideño... No había excusa posible por no haberles enviado los regalos correspondientes.

Conseguí que mis pies aceptaran de nuevo medias y zapatos tras largo tiempo de tenerlos en remojo, utilizar piedra pómez y aplicarme pomada. Incluso llegué a utilizar un cuchillo eléctrico para cortar la mayor parte del tejido muerto. Descubrí que me sentía agradecida por los más extraños objetos, como la maquinilla con que me afeité el vello de las axilas, el colchón en el que apoyaba la cabeza o un rollo de papel higiénico. Intenté una y otra vez hablar a la gente de la tribu que había llegado a amar. Intenté explicarles su modo de vida, su sistema de valores y la mayor parte de su preocupado mensaje sobre el planeta. Cada vez que leía algo nuevo en los periódicos sobre la gravedad del daño producido en el medio ambiente y las predicciones sobre la posibilidad de que las más frondosas selvas acabaran carbonizadas, sabía que era cierto; la tribu de los Auténticos debía partir. Apenas podían sobrevivir con los alimentos que les habían dejado, por no hablar de los efectos de futuras radiaciones. Tenían razón c
uando afirmaban que los humanos no producen oxígeno; ésta es tarea reservada a árboles y plantas. En palabras suyas, «estamos destruyendo el alma de la Tierra». Nuestra avidez por la tecnología ha puesto al descubierto una profunda ignorancia que es una seria amenaza para toda la vida, una ignorancia que sólo el respeto por la naturaleza puede remediar. La tribu de los Auténticos se ha ganado el derecho a no preservar su raza en este planeta superpoblado. Desde el principio de los tiempos han sido gentes sinceras, honestas y pacíficas, que no han dudado jamás de su relación con el universo.

No conseguía comprender por qué ninguna de las personas con las que hablaba mostraba interés por los valores de los Auténticos. Me di cuenta entonces de que veían una amenaza en comprender lo desconocido, en aceptar lo que parece diferente. Pero yo intenté explicarles que tal vez nuestra conciencia se ensancharía, que quizá solucionaría nuestros problemas sociales, y que tal vez incluso podría curar nuestras enfermedades. Fue como hablar a la pared. Los australianos se pusieron a la defensiva. Tampoco Geoff, que había insinuado incluso la posibilidad de casarnos, quiso aceptar que de los aborígenes pudiera surgir la sabiduría. Me dio a entender que le parecía fantástico que yo hubiera experimentado una aventura en la vida y que esperaba que por fin sentara la cabeza y aceptara el papel que se esperaba de una mujer. Cuando terminó mi proyecto sanitario abandoné Australia sin haber transmitido mi experiencia con los Auténticos.

Parecía que la siguiente etapa de mi viaje vi tal escapaba a mi control, pero en realidad estaba siendo dirigido por el más alto nivel de poder.

De vuelta a Estados Unidos, el hombre que se sentaba a mi lado en el reactor entabló conversación. Era un hombre de negocios de mediana edad, con uno de esos vientres abultados que parecen a punto de estallar. Charlamos sobre temas diversos y finalmente sobre los aborígenes australianos. Le conté mi experiencia en el Outback. El me escuchó atentamente, pero sus comentarios finales parecieron resumir la reacción que ya antes había obtenido de otras personas. Dijo: «Bueno, nadie sabía que esa gente existía, y si ahora se van, bueno, ¿y qué? Francamente, no creo que a nadie le importe un comino. Además -añadió-, son sus ideas contra las nuestras, ¿y va a estar equivocada toda una sociedad?».

Durante varias semanas mis pensamientos sobre los maravillosos Auténticos permanecieron envueltos en papel de regalo y sellados en mi corazón. Aquella gente había afectado mi vida con tanta intensidad que temía hablar, porque preveía una reacción negativa y me parecía que era como echarle miel a los cerdos. Pero poco a poco empecé a notar que mis viejos amigos tenían un auténtico interés. Algunos me pidieron que contara mi increíble experiencia a grupos de gente. La respuesta fue siempre la misma: oyentes extasiados, personas que comprendían que lo hecho no podía deshacerse, pero sí cambiarse.

Cierto, la tribu de los Auténticos desaparecerá, pero quedará su mensaje entre nosotros, a pesar de nuestros estilos de vida y actitudes cubiertos de salsas y glaseados. No es que deseemos convencer a la tribu para que se quede, para que tengan más hijos. Eso no es asunto nuestro. Lo que debe importarnos es poner en práctica sus valores pacíficos y llenos de significado. Ahora sé que todos tenemos dos vidas: la que nos sirve para aprender y la que vivimos según ese aprendizaje. Ha llegado la hora de escuchar los asustados lamentos de nuestros hermanos y hermanas y de la propia tierra dolorida. Tal vez el futuro del mundo se halle en mejores manos si nos olvidamos de descubrir cosas nuevas y nos concentramos en recuperar nuestro pasado.

La tribu no critica nuestros modernos inventos. Ellos honran el hecho de que la existencia humana sea una experiencia de expresividad, creatividad y aventura. Pero creen que, en su búsqueda de conocimientos, los Mutantes no deben olvidar la frase: «Si es por el bien supremo de la vida en todas partes». Su esperanza es que nosotros sepamos reconsiderar el valor de nuestras posesiones materiales y adaptarlas en consonancia. También creen que la humanidad está más cerca que nunca de experimentar el paraíso. Tenemos la tecnología para alimentar a todos los seres humanos del planeta y los conocimientos para proporcionar libertad de expresión, autoestima, cobijo y demás necesidades a todos los habitantes del planeta si así lo deseáramos.

Con el aliento y apoyo de mis hijos y amigos más íntimos, empecé a redactar mi experiencia en el Outback y también a dar charlas allá donde me invitaran, en organizaciones cívicas, prisiones, iglesias, escuelas, y otros lugares.

Las reacciones fueron encontradas. El Ku Klux Klan me declaró enemiga; otro grupo de Idaho adepto a la supremacía blanca colocó mensajes racistas en todos los coches del aparcamiento en el lugar de mi charla. Unos cristianos ultraconservadores respondieron a mis palabras afirmando que ellos creían que la nación del Outback era pagana y estaba condenada al infierno. Cuatro reporteros de un programa de investigación de la televisión australiana se presentaron en Estados Unidos, se escondieron en un armario durante una de mis conferencias e intentaron desmentir todo lo que yo decía. Tenían la absoluta certeza de que ningún aborigen había escapado al censo para seguir viviendo en el desierto. Me llamaron impostora. Pero también se produjo un maravilloso equilibrio de fuerzas. Por cada comentario despectivo hubo otra persona ansiosa por saber más sobre la telepatía, sobre el modo de reemplazar las armas por ilusiones y por conocer más detalladamente los valores y técnicas que utilizan los Auténticos en su estilo de vida.

Hay gente que me pregunta hasta qué punto ha cambiado mi vida tras esta experiencia.

Mi respuesta es: profundamente. Mi padre falleció cuando regresé a Estados Unidos. Yo estuve junto a él, sosteniéndole la mano, amándole y apoyándole en su viaje. El día después del funeral le pedí a mi madrastra un recuerdo de mi padre, un gemelo de camisa, una corbata, un viejo sombrero, cualquier cosa. Ella se negó. «No hay nada para ti», me dijo. En lugar de reaccionar con acritud, como tal vez hubiera hecho en otro tiempo, respondí bendiciendo mentalmente el alma querida de mi padre y abandonando la casa de mis padres por última vez, orgullosa de mi propia existencia; miré hacia el cielo despejado y le guiñé un ojo a mi padre.

Ahora creo que no hubiera aprendido nada si mi madrastra me hubiera respondido afectuosamente: «Por supuesto. Esta casa está llena de las cosas de tu padre; coge algo que te sirva como recuerdo de tu padre». Eso era lo que yo esperaba. Mi evolución se produjo cuando me negaron lo que era mío por derecho y yo reconocí la dualidad. Los Auténticos me dijeron que el único modo de superar una prueba es realizarla. Ahora estoy en un momento de mi vida en el que soy capaz de hallar una oportunidad para superar una prueba espiritual aunque la situación parezca muy negativa. He aprendido la diferencia entre observar lo que ocurre y juzgarlo. He aprendido que todo es una oportunidad para el enriquecimiento espiritual.

Recientemente alguien que había oído una de mis conferencias quiso presentarme a un hombre de Hollywood. Era enero, en Missouri, una fría noche de nieve. Cenamos juntos y me pasé horas hablando mientras Roger y los demás invitados permanecían sentados comiendo y bebiéndose el café. A la mañana siguiente el hombre llamó para discutir la posibilidad de hacer una película.

-¿Adónde se fue anoche? -preguntó-. Estábamos pagando la cuenta, recogiendo los abrigos y despidiéndonos, cuando alguien señaló que usted había desaparecido. Miramos fuera, pero se había desvanecido. Ni siquiera había huellas en la nieve.

-Sí -repliqué. La respuesta se formó en mi mente como una idea escrita en cemento húmedo-. Tengo la intención de hacer uso durante el resto de mi vida de los conocimientos que adquirí en el Outback. ¡De todo! ¡Incluso de la magia de la ilusión!




Yo, Burnam Burnam, aborigen australiano de la tribu
wurundjeri, declaro por la presente que he leído todas y cada una de
las palabras del libro Las voces del desierto.

Este es el primer libro en toda mi experiencia vital que he
leído de un tirón. Lo he hecho con gran emoción y respeto. Es un
clásico y no viola la confianza depositada en la autora por nosotros,
los Auténticos. Retrata en cambio nuestro sistema de valores e
ideas esotéricas de modo que me hacen sentir extremadamente
orgulloso de mi herencia.

Al contarle al mundo sus experiencias la autora ha rectificado
un error histórico. En el siglo XVI, el explorador holandés William
Dampier escribió de nosotros que éramos «el pueblo más primitivo
y despreciable de la Tierra». Las voces del desierto nos eleva a un
plano más alto de la conciencia y nos convierte en los seres regios y
majestuosos que en realidad somos.

CARTA DE BURNAM BURNAM,
anciano wurundjeri


Extracto de: LAS VOCES DEL DESIERTO - MARLO MORGAN





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